jueves, 3 de enero de 2019

Juegos Selknam II: Jelj - Los duelos o combates simulados.





Dice Gallardo (1910: 348): "El simulacro de combate es otra de sus diversiones y ejercicios.  Para ello los dos combatientes sacan de sus flechas las puntas y las reemplazan con pelotas de cuero que las hagan inofensivas.  Se colocan los combatientes en lugares apropiados y comienza la pelea que tiene por objeto adiestrarse en evitar la flecha del contrario".
Estos duelos, a veces se efectuaban para dirimir cuestiones personales o de grupos y constituían, como dice Bridges (1952: 409), un rito de paz.  Se llevaban a cabo con un protocolo y una serie de reglas particulares que, en cierto modo, recuerdan a los torneos medievales entre caballeros, los cuales, además de entretenimiento o entrenamiento, solían ser usados para dirimir problemas políticos o cuestiones amorosas.  Los torneos entre los ona, siguiendo al autor mencionado, recibían el nombre de jelj.  Por lo que se sabe y como Bridges mismo lo afirma (p. 414), ha sido éste el único hombre blanco que tuvo ocasión de observar directamente uno de estos ritos de paz.  De la muy extensa descripción que él suministra (p. 409-414) haré una síntesis lo más breve posible.  Como primer paso hacia una reconciliación, dos grupos rivales decidieron revivir la ceremonia tradicional llamada jelj, con lo cual se comprometían a no pelear de nuevo.  Luego de despachar mensajeros para reunir a todos los que se hallaban alejados, ambos bandos se encontraron en el lugar previamente señalado y se ubicaron a cierta distancia, sentados en el suelo, junto con sus mujeres, niños y ancianos.  Durante largo rato estuvieron mirándose y cavilando en silencio.  Al cabo de tres cuartos de hora, como si todos hubiesen estado de acuerdo, se incorporaron los hombres del sur, que eran los que habían propuesto el torneo y avanzaron rápidamente hacia el lugar abierto, seguidos por las mujeres y los niños.  Después de recorrer unos 150 metros se detuvieron, apilaron sus arcos y aljabas y siguieron avanzando hasta situarse a unos pocos metros del grupo opuesto.  Los hombres de uno y otro bando estaban pintados con puntos blancos y rojos o con rayas variadamente dispuestas.  Las mujeres también lo estaban, pero con menos esmero; la mayoría se había pintado de rojo oscuro, señal de luto.  Los hombres del sur hablaron, entonces, uno tras otro tranquilamente y con gran dignidad.  Los norteños contestaron de igual manera, sin que nadie alzara la voz ni fuera interrumpido.  He aquí la esencia de sus observaciones ¿Donde están ahora los ona?  No queda ninguno.  Pertenecemos todos a la misma raza y al mismo país. ¿Por qué hemos de odiamos y matamos hasta que no quede ninguno?  Ya no estamos enojados, ni queremos enojarnos de nuevo; queremos olvidar.  Entonces uno de los sureños, interrumpió bruscamente el parlamento, eligió a un contrario y sacó de debajo de su capa cinco flechas cuyas puntas habían sido reemplazadas por pedazos de cuero fino atados fuertemente con tendones, especie de botón que hacía imposible una herida mortal.  Luego de colocarlas en el suelo, pasando por encima de ellas, fue a ubicarse a una distancia de 80 metros donde se despojó de sus mocasines y de su capa y quedó desnudo e inmóvil.  El norteño se levantó y avanzó hacia el campo abierto, donde dejó caer su capa, tomó una de las flechas y la colocó en su arco; cuando disparó, el otro corrió hacia él; mientras éste seguía disparando las cuatro restantes, el del sur continuaba eludiéndolas.  Luego, cada uno recogió su capa y volvió a mezclarse con los del grupo.  Uno después de otro, los onas del sur que estaban en edad de pelear, repitieron la maniobra del primero, dejando sus cinco flechas en el suelo y eligiendo a un contrario para que les disparara.  Cuando el hombre qué ofrecía blanco, mediante una hábil maniobra lograba evitar la flecha, se oían en la concurrencia exclamaciones guturales de aprobación, pero si no se acercaba a su adversario a suficiente velocidad o daba brincos inútiles, eran sus propios camaradas y no sus enemigos los que desaprobaban.  Después que todos los del sur cumplieron su tumo, los norteños sacaron sus flechas y cada uno permitió a un adversario disparar los acostumbrados cinco tiros.  La rapidez visual y de movimiento de la mayoría de los hombres de ambos bandos era admirable, a pesar de lo cual, más de uno resultó con heridas sangrantes a las cuales no le prestaban la menor atención.  A continuación, se entablaron conversaciones y hasta se oyeron risas.  Durante tres días hubo comunicación amistosa entre ambos clanes; se hicieron mutuas visitas, las mujeres pasearon juntas y los muchachos entablaron luchas amistosas.  Con este torneo, asegura Bridges, quedó zanjado un pasado sangriento, con mutuos asesinatos, y el futuro demostró que las promesas formuladas entonces fueron fielmente cumplidas.  El evento narrado acaeció durante los primeros años de este siglo y según lo aseguraron los ancianos que, junto con él, observaban el espectáculo, sólo unos pocos de ellos habían tenido ocasión, en toda su vida, de ver una sola vez algo similar, lo cual es indicativo de la escasa frecuencia con que la ceremonia descripta se llevaba a cabo.
Francisco Minquiol, que vio a los adultos realizar simulacros de duelos durante su niñez, me informó que este entretenimiento se llama jelmejéien.  Dos individuos se ubicaban a una distancia de unos 30 a 50 metros entre sí, según la habilidad de los contendientes, y se disparaban con el arco simultáneamente, debiendo ambos esquivar la flecha del contrario.  Para evitar lastimarse, envolvían la punta de la flecha con lana de guanaco.  Su finalidad era la de adiestrarse en el regate de flechas para casos de guerra.

Fuente: Leonardo killian, "El arco y la flecha Selknam"